MANIFIESTO  DEL ANTI – LIDER

Hace unas semanas recibí una carta del Departament de Cultura de la Generalitat de Catalunya. Era para poder participar en el Debate Internacional que se celebró en el Auditorio del Palacio de Congresos de Barcelona en Montjuic. Dentro del Ciclo de Conferencias y Debates públicos titulado “Liderazgo político y orientación religiosa en este joven Siglo XXI.” No sabía porque me invitaban a ese evento. Soy un autor relativamente desconocido. Pensé que era víctima de una broma. Pese a todo acudí a las ponencias llevado más por la curiosidad que por el deseo de brillar con luz propia. Me aterraba el hecho de exponer en público una conferencia o discurso junto a personalidades del mundo de la política y de la cultura mucho más conocidas que yo. En el fondo sabía que tarde o temprano no podría eludir mi intervención en la Sala de Actos del Palacio de Congresos de Barcelona. No importaba que mi aportación  fuera testimonial. Mi estado de ánimo era el de un condenado a muerte que estaba esperando escuchar su propia sentencia.

Tras oir las primeras ponencias escribí por mi cuenta un discurso de circunstancias para salir airoso del paso. Con la esperanza de pasar lo más desapercibido posible. Pero incluso este modesto propósito implicaba dificultades. Personalmente no represento a ninguna ideología política ni confesión religiosa ni pertenezco a ninguna iglesia establecida. Y al no ser líder de nada… ¿de que hablaría?.  Esta pregunta trajo consigo su respuesta. Puesto que no podía hablar en propiedad como un Líder, entonces, lo haría como un Anti-Líder. Al tercer día del ciclo de conferencias y debates los organizadores del evento me concedieron la palabra. Me dirigí al atril con la inconsciente tranquilidad del que no tiene nada que perder, me aproximé al micrófono y dije:

Auditorio del Palacio de Congresos de Barcelona.

 “Siento decepcionar a este Auditorio pero yo no quiero ser vuestro líder. Ni vuestro guía espiritual ni que nadie me siga. No tengo grandes revelaciones que predicar tras ayunar cuarenta días en el desierto. Tampoco soy poseedor de Verdades Absolutas que deban ser pronunciadas desde una gran Tribuna. Tan solo soy un individuo confuso que navega en un mar de dudas. En medio de una sociedad en descomposición que ha perdido todos sus valores y ha renunciado a sus propios objetivos y finalidades. Muchos definen a nuestra época como la Era de la Globalización. Otros como la del Triunfo de la Tecnología. Yo la definiría como la Era de la Confusión y del Gran Vacío. No es la tecnología ni la política internacional lo que domina en nuestra sociedad sino la capacidad de soportar ruido, fealdad y embrutecimiento humano. Los grandes debates entre cristianos y marxistas, ateos y creyentes y socialismo o capitalismo languidecen en el baúl de los recuerdos desde hace lustros. Los únicos temas dominantes son los de la vida cotidiana y las crónicas de sociedad. Cualquier otro tema está más fuera de lugar que un elefante irrumpiendo en una cristalería. Lejos de preguntarse sobre la existencia de Dios o cómo llegar a la Utopía la única pregunta es: ¿Soy lo bastante guapo y voy vestido a la moda tal como exigen los cánones?. La religión ya no es el sólido cimiento que sostiene la sociedad. Sino que las junturas de ésta se aguantan en dos frágiles pegamentos: la comunión de la cocaína y la condena al ostracismo de quienes intentan huir de la inercia. A la mayoría de la gente les resulta mucho más fácil el unirse contra algo o, mejor aún, contra alguien. Muy pocos buscan propuestas que impliquen la solidaridad social o el crecimiento personal. No nos extraña en absoluto el resurgimiento de antiguas fórmulas políticas equivocadas y autoritarias ni la proliferación de las sectas religiosas con sus falsas propuestas de salvación.

La mayoría de los recursos económicos y financieros mundiales estan concentrados en las manos de unas minorías elitistas. En este planeta existen unas pocas familias que, cada una de ellas, es poseedora de un patrimonio mayor que el Producto Nacional Bruto de varios estados modernos juntos. El nivel de descaro es tan grande que ahora incluso la televisión lo está diciendo. Las clases políticas y burocráticas de las naciones modernas sirven y gestionan con cierto grado de disimulo los intereses y los beneficios de estas minorías económicas y financieras. Todos lo sabemos mientras tratamos de mirar hacia otro lado con cierto grado de complacencia. A modo de tapadera y de pantalla global los políticos se dedican con esmero a construir falsos consensos entorno a una gran mentira. Y a pesar de que la gran mayoría ya lo sabemos, seguimos callando y otorgando, indiferentes a todos los problemas y miserias que a diario observamos a nuestro alrededor. Además, vemos a diario como los llamados «Mass Media» difunden toda clase de informaciones falsas, negativas y/o manipuladas. También se explayan mucho a la hora de divulgar numerosos reportajes de Crónica Negra. Estas son las técnicas que utiliza el Sistema establecido para poder ejercer su control sobre las masas, reducir al máximo las libertades tanto públicas como individuales y anular la personalidad humana. La totalidad del planeta Tierra constituye un terreno fértil y abonado a la hora de hacer fructificar las peores y más desagradables sorpresas. Por todas partes se escucha un solo clamor: «¡Queremos un Salvador!. Por favor: que algo o alguien nos saque de este atolladero. Somos demasiado torpes y perezosos como para pensar por nosotros mismos y demasiado cobardes para actuar». Con el tiempo nos hemos vuelto muy cínicos y arrogantes. Proclamamos ufanos: «¡Pero si yo ya estoy de vuelta de todo!”. Cuando en realidad todos sabemos que quienes dicen esto es porque todavía no han llegado nunca a ninguna parte.

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Sonreímos condescendientes ante los ideales y las propuestas constructivas. Afirmamos la superioridad de la desidia y la malicia como si se tratara de la última conquista de una humanidad triunfante. Luego nos enfadamos al comprobar que nuestros hijos se vuelven ocupas, punkies, skin heads o fracasan en la escuela. O porque no regresen del quirófano tras consumir drogas de diseño. Tal vez buscaban en ellas los valores que sus padres no les han sabido dar o los ideales perdidos que la sociedad no les ha sabido transmitir. Acabar en la sala de operaciones tras una sobredosis de éxtasis se ha convertido en el último grito de rebelión. Y quemarse el cerebro con la cocaína en el último de los debates. A falta de ideas que comunicar tan solo nos quedan las sensaciones fuertes con las que en vano intentamos llenar nuestro vacío interior. La ausencia de ideales y de perspectivas de crecimiento personal nos conduce a la disipación del alcohol y a jugar de forma inconsciente a la ruleta rusa de las drogas. O también a estrellarnos en un accidente de automóvil participando así en esa particular danza de la muerte moderna. Quienes han acabado de esta forma emprendieron su último viaje de huida a ninguna parte.

 ¿Cómo os podría guiar en un mundo así  sino se hacia dónde llevaros? ¿Cómo ser vuestro líder sin antes saber hacia qué o hacia dónde debo conducir mi liderazgo?. Si tuviera que proponer algo sería que cada cual intente pensar por sí mismo al margen de ideologías políticas obsoletas e instituciones corruptas. Y también que todos vivan según sus propios ideales al margen de lo que diga la mayoría de la gente que no sabe ni a donde va ni lo que realmente quiere. Tal vez tan solo quieran que nadie quiera nada. Esa se ha convertido en su única compensación en ausencia de todo lo demás. Suerte que tengo la absoluta certeza de que no voy a ser escuchado y por esta razón no pienso cometer la insensata locura de proponeros nada concreto. Es por estas y otras muchas razones que yo no quiero ser vuestro líder. Ni tampoco deseo ser vuestro guía espiritual ni que nadie me siga.”

 Al acabar mi intervención se hizo un sepulcral silencio. No hubo ni calurosos aplausos ni sonoras pitadas. Se podía cortar el aire con un cuchillo. No supe que pensar sobre esta reacción del público o ausencia de ella. Al día siguiente ojeé los periódicos del día en la hemeroteca de la biblioteca pública más cercana. Pero no encontré ninguna reseña sobre mi discurso. Con lo cual no pude saber que efecto había producido en los espectadores. Puede que considerasen que debían dar prioridad a reseñar a los participantes mucho más importantes que yo. Tal vez sea mucho mejor así. Puede que las afirmaciones de mi discurso estén equivocadas. Y si no lo están ¿quién seguirá mis recomendaciones?.

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César A. Alvarez
César A. Alvarez

Col·laborador i articulista amb experiència a salons i fires i altres articles d'interès cultural.

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